Photo by EFRÉN HERNÁNDEZ ARIAS

Fedosy Santaella

Writers on Photographs

Photo by EFRÉN HERNÁNDEZ ARIAS

 

ÓBOLORAMA

Óbolorama

(after Efrén Hernández)

(POR EFRÉN HERNÁNDEZ)

 

DEAR EFRÉN, I LOOK at your photos, and I can only find uncertainty and a guilty corroboration that our domesticated lives have turned to violence and death. Because it’s true, Efrén—for some time now, randomness, violence, and death go hand in hand among us.

Take a look: the setting is Plaza Francia, a stage with a dead taxi driver at its center. Altamira, Chacao, one of the few places where the crime rate is lower, where it is assumed that we should feel safe. Or is it a myth, a lie we have bought, some sort of placebo? Let me tell you that I was robbed in Plaza Francia. A boy about thirteen, thin like a skeleton, big-headed, shaggy, brown as mud he was, he pulled out a cigarette lighter and said to me, I’m going to burn you.

“I’m going to burn you,” that’s what he told me. Was he going to shoot me? Was he going to burn me with the cigarette lighter? It was ten o’clock at night. Another two kids, a little older, searched the trash bins around us. The rascal pointed and said between his teeth, you see my friends? I’m not alone. If you misbehave, we burn you, so gimme, take out your wallet. I took it out, I gave him twenty. Don’t ask me why he didn’t just take the wallet and start running. No, he stared at the bill, and then he told me, more. I took out two bolivars. More, I told you more. I opened the wallet. I showed him the empty folds where money should be. I don’t have more, I replied. I think I even smiled kindly like some sort of idiot. But I also kept walking across the square, onward, forward; my body, or some part of me, had the idea that nothing was happening. Beyond, across the avenue was a police module, a permanent patrol spot. The little thug realized what I was doing, and he stood in my way. Do you think I’m stupid? I know where you’re going! Gimme more, gimme more. He was still pointing at me with the cigarette lighter, but actually, my dear friend, he pointed at me with his eyes, with his darkness, with the death he carried inside, with the homicidal death of his addiction. He was a crack head, no doubt. I stopped, I faced him, and I snapped out, fuck, boy, I don’t have any more money, fuck, if you’re going to kill me, kill me now. I tell you, I don’t know where that recklessness came from—or, if you prefer, that courage. I’m not brave; people who write are not brave. But the unexpected is in us all, together with that randomness. In dire times like these, a small ball is set to spin in circles and suddenly falls into a hole, and in that hole, suddenly there is something in us, something unexpected that takes us by surprise, completely, and rises up inside and makes us act out, and who knows if it might even save us ... or kill us.

So I left the square, and I crossed the avenue, big strides. I left the thug behind. I don’t know, I felt safe, purposeful, as if an angel were looking out for me, a beautiful and slender woman, with long hair, perfect nose, and great tits. That’s how I imagine my guardian angel, a divine woman—in both senses—the woman I’d kiss forever if she ever became flesh.

I searched for the policemen; I told them someone had tried to rob me. A cop walked out into the street, with his hand on his belt, with his hand on his gun, and entered the square. Shortly afterward, he came back with two of the kids and pointed at me. I got back on the avenue; I stood before the boys. They took out everything they had in their pockets. I saw a twenty, maybe mine. The policeman asked me how much they had taken from me; I answered nothing, twenty bolivars, they can keep it. The little thug with the cigarette lighter started to talk; he said I was a “mean guy”; he said he just had asked me for a handout, some money, nothing more. I exploded, I couldn’t help it, I screamed, sure! He had told me he was going to burn me, that’s the way you ask for a handout, threatening to kill your Good Samaritan? Also, in a crazy outburst of Christian kindness, I warned him to quit doing that, I told him that drugs led you straight to jail, death, or insanity, that he’d better think about it. But that kid, I think, had already burned up all his thoughts in his crucible of crack cocaine or whatever he was into.

Nothing more happened. I turned around; I took a taxi that was parked next to the police module. Actually I did have some money; I kept folded bills in some gap of my wallet (sometimes I do this when I have to set aside money for ham, cheese, and bread). But of course I wasn’t going to let the kid or his little friends know this.

 The thing is, I took a taxi, a taxi like the one that appears in your photos, Efrén. A white taxi, with yellow stripes, like any other. I scrutinize that picture; I do it with horror, morbidly. There is something peaceful about the taxi driver. His hands resting on his lap, his body supported by his back, though propped up with a certain lightness, his head bowed, as if he were sleeping, or as if he had asked for a bullet in the head while he was lost in some nice childhood memory.

Is the taxi driver in your photo dead, Efrén? Or, maybe, is he sleeping? The yellow tape, the policemen, the crowd ... everything in place so that the taxi driver can sleep.

QUERIDO EFRÉN, VEO TUS fotos y allí no puedo más que descubrir el azar y la culpable constatación de nuestras vidas domesticadas a la violencia y a la muerte. Porque es así, Efrén, desde hace rato el azar, la violencia y la muerte van de la mano entre nosotros.

Mira tú, el escenario es la Plaza Francia, un escenario cuyo centro lo constituye un taxista muerto. Altamira, Chacao, uno de esos pocos lugares donde el índice de delincuencia es menor, donde se supone que deberíamos sentirnos seguros.  ¿O es un mito, una mentira que nos hemos creído, un placebo? Déjame contarte que a mí me asaltaron en Plaza Francia. Un chico como de trece años, delgado, esquelético, cabezón, desgreñado, marrón, como de barro todo él, me sacó un yesquero y me dijo, te voy a quemar.

«Te voy a quemar», así me dijo. ¿Me iba a pegar un tiro? ¿Me iba a quemar con el yesquero? Eran las diez de la noche. Otros dos, un poco mayores, registraban los pipotes de basura a nuestro alrededor. El malandrín señaló y me dijo entre dientes, ¿ves a mis panas?, no soy yo solamente, si te portas mal, te quemamos, así que dame, saca la cartera. La saqué, le di un billete de veinte. No me preguntes por qué no me arrancó la cartera y salió corriendo. No, él se quedó viendo el billete y luego me dijo, uno más alto. Yo saqué un par de billetes de dos bolívares. Más alto, te dije más alto. Abrí la cartera, la mostré las vacías divisiones destinadas a los billetes. No tengo más, le repliqué, y creo que, como un gran idiota, amablemente sonreía. Pero también continuaba caminando, atravesando la plaza, hacia adelante, hacia adelante; mi cuerpo o alguna parte de mí se hacía a la idea de que no estaba pasando nada. Más allá, cruzando la avenida, había un módulo policial, una patrulla permanente. El malandrín se dio cuenta de mi ruta, se interpuso. ¿Tú crees que soy idiota? ¡Yo sé para dónde vas tú! Dame más, dame más. Me seguía apuntando con el yesquero, pero en realidad, mi querido amigo, me apuntaba con sus ojos, con su oscuridad, con la muerte que llevaba por dentro, con la muerte asesina, de su vicio. Era un piedrero, sin duda. Me detuve, lo encaré y le espeté, coño, chico, que no tengo más, no joda, si me vas a matar, mátame ahora. Te digo, no sé de dónde saqué esa temeridad, o si prefieres, esa valentía. Yo no soy valiente, los que escribimos no somos valientes. Pero lo inesperado nos habita (a todos), por no decir que también el azar. En horas aciagas como esas, una pequeña bola se pone a girar en círculos, y de pronto cae en un agujero, y en ese agujero hay algo de nosotros insospechado, que nos toma por sorpresa y por completo, y brota y actúa y quién sabe si nos salva… o nos mata.

Así que salí de la plaza y atravesé la avenida a grandes zancadas. El malandrín se quedó atrás. No sé, me sentía seguro, determinado, como si un ángel me cuidara, una mujer bella y esbelta, de cabellos largos, nariz perfecta y mejores tetas. Así me imagino yo a mi ángel guardián, una mujer divina —en ambos sentidos— a la que besaría eternamente si se hiciera carne.

Busqué a los policías, les dije que me habían intentado asaltar. Un policía se hizo a la calle, con la mano en el cinto, con la mano en la pistola, y se metió al interior de la plaza. A poco salió con dos de ellos y me hizo señas. Retomé la avenida, me planté ante los chicos. Se sacaban todo lo que tenían en los bolsillos. Vi un billete de veinte, quizás el mío. El policía me preguntó cuánto me habían quitado, le respondí que nada, que veinte bolívares, que se los quedaran. El malandrín del yesquero comenzó a hablar, dijo que yo era «un mal empatado», que él sólo me había estado pidiendo una limosna, un dinerito, nada más. Exploté, no lo pude evitar, vociferé que claro, que cómo no, que él me había dicho que me iba a quemar, que así se pedía limosna, amenazando con matar al posible buen samaritano. También, en un arranque absurdo de bondad cristiana, le advertí que se dejara de eso, que con la droga no tenía más salida que la cárcel, la muerte o la locura, que se lo pensara. Pero aquel malandrín, creo yo, hacía rato que había hecho arder todo pensamiento en el crisol del bazuco o de lo que fuese que se metía.

No pasó mayor cosa. Me di vuelta y tomé un taxi que estaba estacionado junto al módulo de policía. En realidad sí cargaba dinero, había guardado unos billetes doblados en algún intersticio de la cartera (a veces lo hago, cuando debo apartar algún dinero para el jamón, el queso y el pan). Pero eso, por supuesto, no se lo hice saber al malandrín ni a sus compinches.

El asunto es que tomé un taxi, un taxi como el que sale en tus fotos, Efrén. Un taxi blanco, con rayas amarillas, como cualquier otro. Detallo esa foto, con horror y morbo lo hago. Hay algo pacífico en el taxista. Sus manos que descansan sobre el regazo, su cuerpo sobre el respaldar, pero dispuesto con cierta ligereza, su cabeza inclinada, como si durmiera, o como si hubiese pedido que le metieran la bala mientras se perdía en algún bonito recuerdo de su infancia.

¿Está muerto el taxista de tu foto, Efrén? ¿O quizás duerme? El cordón amarillo, la policía, ese gentío alrededor… todo se ha dado para que, simplemente, el taxista duerma. 

 

Photo by EFRÉN HERNÁNDEZ ARIAS

 

Look, he is tired; look, he hasn’t slept for a thousand years. Finally, he was defeated, and now he’s like a child, a child sleeping, and the rest of us, here—watch out, be careful—we have come to watch over his sleep. Get away, all of you, because this man has the right to sleep; give him a minute of rest, he deserves it, take pity on him, the taxi driver has fallen asleep, let him sleep. Respect sleep, one of the rarest phenomena in this city of sleepless fears. Yes, friend, all those cops seem to be watching over the taxi driver’s dream; all these people seem curious to see what it’s like to sleep or how it is possible to sleep in this impossible city, in this country where nightmares visit you though your eyes are open.

Miren, está cansado, miren, tiene mil años sin dormir. Por fin se ha dejado derrotar y ahora es como un niño, un niño que duerme, y nosotros, acá —cuidado, tengan cuidado— hemos venido a vigilar su sueño. Aléjense todos, que este hombre tiene derecho a dormir, denle un minuto de descanso, se lo merece, tengan piedad, el taxista se ha quedado dormido, déjenlo dormir. Respeten el sueño, uno de los fenómenos más raros en esta ciudad de miedos insomnes.

Sí, amigo, todos esos policías parecieran estar cuidando el sueño del taxista, toda aquella gente pareciera curiosa de ver cómo es dormir o cómo es posible dormir en esta ciudad imposible, en este país de pesadillas con los ojos abiertos.

 

Photo by EFRÉN HERNÁNDEZ ARIAS

 

Could he be the same taxi driver who gave me a ride that time? I don’t remember him; I can’t remember his face. Taxi drivers and their taxis are the anonymous backwash of the city, gusts of the night, premature ghosts. Yes, life goes on a few feet beyond the cordoned area. Life, indifferent, only knows about living. Some speak of indolence in our country, of people who don’t rebel, of people who don’t go out to protest, who just try to live on despite the chaos. But, friend, that’s just life: it means to go on living. I think people escape into “indolence” and find shelter in it. To desire peace is absolutely normal. All human beings, without exception, will always, in one way or another, want to be left in peace. Look, look how life goes on, the hours, the lights. I’m not here to justify, but I understand—I understand the need to escape.

¿Será el mismo taxista que me llevó aquella vez? Ya no lo recuerdo, no recuerdo su rostro. Los taxistas y sus taxis son estelas anónimas de la ciudad, ráfagas de la noche, fantasmas por adelantando. Sí, la vida sigue, sigue a unos cuantos metros más allá de la zona acordonada. La vida indiferente que sólo sabe vivir. Hay quienes hablan de la indolencia en nuestro país, de la gente que no se alza, de la gente que no sale a protestar, que intenta vivir a pesar del caos. Pero amigo, eso es la vida: la vida es seguir viviendo. Yo creo que la gente huye hacia el interior de esa «indolencia» y se protege en ella. Es absolutamente normal el deseo de paz. Todos los seres humanos, sin excepción, siempre vamos a querer, de una forma u otra, que nos dejen en paz. Mira, mira cómo sigue pasando la vida, las horas, las luces. No justifico, pero entiendo, entiendo la huida.

 

Photo by EFRÉN HERNÁNDEZ ARIAS

 

And maybe, Efrén, maybe we’ve grown too accustomed to this state of things. There is this man in another of your photos, eating a hamburger a few feet away from the dead man. And the guy that sells hot dogs is still working. There’s no mourning, no pity. Only chance, randomness. Today it happened here, near to where I work, just now, when I’m hungry, and when I’m about to eat my burger. Randomness and violence decided to stop by over here. They came with the taxi driver, who also stopped and asked for his pay, and death replied with a bullet in his temple, as currency, the óbolo fare needed when the taxi driver crosses the Styx, when the boatman extends his hand, palm up. Charon, taxi driver of dead taxi drivers, indifferent as the man selling hot dogs, indifferent as the man who eats his burger. This indolence—or indifference, anyway—is our escape, maybe our salvation. Who knows, in the end, our final judgment.

These pictures, dear Efrén, these pictures of yours are the immortality of any random night in which all of us, transient ghosts, flee from the lead coins. But who knows if, actually, we circle back to the same places where those óbolos, the lead coins—and a few pictures—await us.

 

Translated by Mariela Matos Smith

Y quizás, Efrén, quizás también nos hemos acostumbrado demasiado a este estado de las cosas. Allí está este hombre de otra de tus fotos, comiéndose una hamburguesa a escasos metros del muerto. Y el perrocalentero, que sigue trabajando. No hay luto, no hay pena. Tan sólo ha sido el azar. Hoy toco acá, cerca de dónde trabajo, justo ahora, cuando tengo hambre y voy a comerme mi hamburguesa. El azar y la violencia decidieron detenerse  en este sitio. Llegaron con el taxista, que también se detuvo y pidió su pago, y la muerte le respondió con un balazo en la sien, a manera de moneda, de óbolo para cuando el taxista cruce el Estigia, para cuando el barquero extienda su mano, la palma hacia arriba. Caronte, taxista de taxistas muertos, tan indiferente como el perrocalentero, tan indiferente como quien devora su hamburguesa. Esa indolencia —o ese indiferencia, da igual— quizás sea nuestra huida, nuestra salvación. Quién sabe, si en el fondo, nuestra condena.

Estas fotos, querido Efrén, estas fotos tuyas son la inmortalidad de una noche cualquiera en la que todos nosotros, fantasmas de paso, huimos de las monedas de plomo. Pero quién sabe si en realidad giramos en círculos hacia los mismos lugares donde aquellos óbolos —y unas cuantas fotos— nos aguardan.